Hoy todavía puedo acostarme y recordar como se siente acariciarle la cara.
Puedo escuchar su voz diciendome “te quiero”, su olor, su manera de caminar, su silbido.
Todavía reconozco la palma de su mano sobre la mía.
Si me esfuerzo un poquito puedo tocar su cabeza calva o esconderla bajo una boina.
Espero toda la tarde que suene el teléfono.
Pero me invade un profundo terror que hoy no puedo ni quiero aceptar.
¿Y si un día abro los ojos y no lo siento más?.
Tengo terror de despertarme un día y darme cuenta que no está….
que haya tanta coincidencia.
0 notasAbu, i ♥ u.
0 notas“El día de los desventurados, el día pálido asoma con un desgarrador olor frío, con sus fuerzas en gris, sin cascabeles, goteando el alba por todas partes: es un naufragio en el vacío, con un alrededor de llanto. Porque se fue de tantos sitios la sombra húmeda, callada, de tantas cavilaciones en vano, de tantos parajes terrestres en donde debió ocupar hasta el designio de las raíces, de tanta forma aguda que se defendía. Yo lloro en medio de lo invadido, entre lo confuso, entre el sabor creciente, poniendo el oído en la pura circulación, en el aumento, cediendo sin rumbo el paso a lo que arriba, a lo que surge vestido de cadenas y claveles, yo sueño, sobrellevando mis vestigios morales. Nada hay de precipitado ni de alegre, ni de forma orgullosa, todo aparece haciéndose con evidente pobreza, la luz de la tierra sale de sus párpados no como la campanada, sino más bien como las lágrimas: el tejido del día, su lienzo débil, sirve para una venda de enfermos, sirve para hacer señas en una despedida, detrás de la ausencia: es el color que sólo quiere reemplazar, cubrir, tragar, vencer, hacer distancias. Estoy solo entre materias desvencijadas, la lluvia cae sobre mí, y se me parece, se me parece con su desvarío, solitaria en el mundo muerto, rechazada al caer, y sin forma obstinada.”
“Siempre- decía- llevamos una máscara, una máscara que nunca es la misma sino que cambia para cada uno de los papeles que tenemos asignados en la vida: la del profesor, la del amante, la del intelectual, la del marido engañado, la del héroe, la del hermano cariñoso. Pero ¿qué máscara nos ponemos o qué máscara nos queda cuando estamos en soledad, cuando creemos que nadie, nadie, nos observa, nos controla, nos escucha, nos exige, nos suplica, nos intima, nos ataca? Acaso el carácter sagrado de ese instante se deba a que el hombre esta entonces frente a la Divinidad, o por lo menos ante su propia e implacable conciencia.”



